La caridad como camino de resurrección: el recuerdo del cardenal Tscherrig en el Cottolengo Don Orione de Claypole


En la memoria agradecida de la familia orionita, hay encuentros que no quedan guardados solamente como archivo, sino como testimonio vivo. Uno de ellos tuvo lugar el 23 de abril de 2015, en el Cottolengo Don Orione de Claypole, con motivo de cumplirse 80 años de su fundación.

Aquel día, la comunidad recibió la visita de monseñor Emil Paul Tscherrig, entonces Nuncio Apostólico en la Argentina, quien compartió una reflexión profundamente humana y cristiana sobre la caridad, la vida, la fragilidad y la esperanza en la resurrección.

La entrevista, realizada por la periodista Lucía Calcopietro, permitió conocer no solo la palabra institucional del representante del Papa, sino también una mirada cercana, sensible y pastoral ante una obra marcada por el amor concreto hacia los más necesitados.

Al comienzo del diálogo, Tscherrig recordó con sencillez sus orígenes. Contó que era suizo, nacido en una pequeña comunidad de los Alpes, un pueblito de apenas 150 habitantes. También evocó su llegada a la Argentina, ocurrida tres años antes, luego de haber servido en Suecia y en los países nórdicos de Europa.

“Ahora mi misión es servir a la Iglesia de Argentina”, expresó. Y cuando la periodista le sugirió que, como Don Orione, había venido y se había quedado, respondió con una frase cargada de ternura: “Es siempre peligroso cuando uno viene a la Argentina, porque uno siente el amor de la gente”.

Ese amor, dijo, se percibía especialmente en el Cottolengo. Allí descubría una alegría que muchas veces, quienes viven “afuera”, pueden llegar a olvidar. En las personas asistidas, en la comunidad religiosa, en los trabajadores y voluntarios, el Nuncio reconocía una presencia viva del Evangelio.

La conversación derivó naturalmente hacia el papa Francisco, tan cercano a la espiritualidad de Don Orione y a su frase más conocida: “Solo la caridad salvará al mundo”. Tscherrig afirmó entonces que la caridad no era simplemente una obra buena, sino “un estilo digno de vida para la persona humana”.

En el Cottolengo, señaló, se veía esa caridad hecha vida cotidiana. El corazón de Don Orione aparecía allí no solo como ejemplo, sino también como invitación para todos: amar en medio de los hermanos, especialmente donde la fragilidad humana pide más cercanía, más respeto y más ternura.

Uno de los momentos más hondos de la entrevista llegó cuando el Nuncio compartió lo que había sentido al visitar el cementerio del Cottolengo. Allí, frente a las cruces de tantas personas que habían pasado por ese lugar de amor, pensó en quienes habían vivido con discapacidades físicas o mentales, muchas veces escondidos a los ojos del mundo en su verdadera belleza.

Su reflexión fue profundamente pascual. Dijo que, liberadas ya de las limitaciones del cuerpo, esas personas estaban en Cristo, participando del misterio de la resurrección. Y expresó su esperanza de que un día podamos encontrarlas plenamente transfiguradas, como personas íntegras y maravillosas, en la luz de Dios.

“La muerte nos transforma. La muerte nos acerca al amor”, afirmó. En esas palabras se condensaba una mirada cristiana sobre la vida y sobre la dignidad de cada persona: nadie queda definido por su enfermedad, por su límite o por su discapacidad. En el corazón de Dios, cada vida revela su gloria y su belleza.

Para Tscherrig, el Cottolengo era precisamente eso: un lugar donde muchas personas habían experimentado el amor de Cristo. Un lugar de caridad, de Pascua y de esperanza. Una obra donde el Evangelio no se predica solo con palabras, sino con manos que cuidan, corazones que acompañan y una comunidad que reconoce a Cristo en los más pequeños.

Al final de la entrevista, Lucía Calcopietro resumió el sentido de aquella reflexión: esa esperanza es la que mantiene vivos cada día a los cristianos. El Nuncio respondió que esa misma esperanza debía animar todo el trabajo cotidiano de la comunidad.

Hoy, al recordar al cardenal Emil Paul Tscherrig, fallecido en 2026, recuperar esta entrevista es volver a escuchar una palabra que no envejece. Su mensaje en Claypole sigue iluminando: la caridad es el camino, la dignidad humana es sagrada y la resurrección es la promesa que sostiene toda obra cristiana.

A 90 años de la fundación del Cottolengo Don Orione de Claypole, aquella visita quedó como una memoria de gratitud. Y también como una invitación permanente a vivir lo que Don Orione enseñó con toda su vida: amar, servir y confiar.

Porque solo la caridad salvará al mundo.


Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente